Dime cómo respiras y te diré cómo estás.

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¿Cuanto tiempo hace que no paras y simplemente tomas conciencia de tu respiración?

Posiblemente tu respuesta sea que no lo haces tanto como te gustaría, y es que la mayor parte del tiempo corremos de un lado para otro, en piloto automático, respirando de manera superficial y con tensiones en diferentes partes de nuestro cuerpo.

Sin embargo, la esencia de la vida es la respiración: Necesitamos respirar más que comer y beber y aún y así no solemos prestar la suficiente atención en cómo respiramos ni elegimos el aire idóneo para ello.

Mantener a todas y cada una de nuestras células bien oxigenadas resulta de una importancia vital y la manera cómo lo hagamos puede enviar dos tipos de mensajes diferentes a nuestro sistema nervioso: relájate profundamente o prepárate para luchar por tu vida.

La respiración superficial es propia del modo lucha o huída, en el que el sistema nervioso simpático toma el control avisando al resto del cuerpo de que estamos en peligro. Esto repercute sobre los demás sistemas de órganos, asegurando las funciones vitales para la supervivencia por encima de otras no tan importantes como la digestión, la reproducción o el descanso. Lo importante es estar preparado para defendernos y/o salir corriendo.

Mantener este estado en el tiempo, ni que sea a un nivel latente, resulta agotador para nuestros órganos y glándulas y repercute negativamente sobre algunas funciones como la digestión, la menstruación, nos hace más vulnerables ante patógenos como virus y bacterias y puede ser un desencadenante de problemas autoinmunes.

Sin embargo, si optamos por poner conciencia y respirar profundamente cada día durante varios minutos, le estaremos dando la orden a nuestro organismo de activar el sistema parasimpático, que es aquella parte del sistema nervioso encargada de reducir los efectos del estrés, bajando la frecuencia cardíaca, reduciendo los niveles de cortisol en sangre, activando la digestión, disminuyendo la tensión arterial y en general generando una agradable sensación de bienestar.

Muchos problemas de salud tan comunes como la ansiedad y el estrés se verían dramáticamente disminuidos si tan solo pudiéramos respirar profundamente a lo largo del día. De hecho, este mismo efecto de activación del sistema parasimpático es lo que consiguen prácticas como el mindfulness, el Yoga o la acupuntura.

A medida que nos hacemos mayores y el estrés pasa a formar parte de nuestro día a día perdemos el hábito de respirar con todo el torso automaticamente, como hacen los bebés y los niños más pequeños, y acabamos por simplemente rellenar el pecho de aire. Si optamos por darle a la inhalación la profundidad propia de la respiración diafragmática, llevando el aire hasta el vientre, no solo estaremos beneficiando nuestra salud física si no también la emocional.

¿Cómo podrías incorporar una rutina de respiración saludable en tu día a día?

Lo primero es teniendo muy clara tu intención y generando el tiempo que requiere. Una manera podría ser poner el despertador cinco minutos antes de la hora habitual y aprovechar la calma del momento mientras todavía estás en la cama al despertar, para dedicarte unas inhalaciones profundas. Por la noche puedes hacer lo mismo para frenar la mente del ajetreo del día antes de sumergirte en una noche de descanso.

¿Y a lo largo del día? Puedes acompañarte con aceite esenciales y un buen difusor. La aromaterapia recomienda el aceite esencial de lavanda por sus propiedades relajantes o el aceite esencial de eucalipto por sus propiedades antisépticas y descongestionantes. También puedes encender una vela de cera pura de abejas y disfrutar de la calma que trae observar el fuego mientras respiras su suave fragancia a miel y disfrutas de sus propiedades purificadoras del aire.

Este artículo se escribió para la revista VERITAS #111 junio 2019